AMADOS ÍDOLOS 

“Hijitos, guardaos de los ídolos” (1 Juan 5: 21).

“El ídolo más entrañable que he conocido, sea cual sea, y por mucho que lo quiera, ayúdame a quitarlo de tu trono y adorarte solo a ti”. Así reza el himno, y así hemos de proceder. Tenemos a algunas personas en un pedestal, aparte del resto de los seres humanos. Para nosotros son intocables. Los tenemos por tan especiales que casi los veneramos. Nos inspiran respeto. Los vemos como casi perfectos. Los tratamos con reverencia. Los tenemos tan superiores a nosotros que nos humillamos delante de ellos.

            Yo tenía a mis abuelos en este concepto. Había vivido con ellos de pequeña y los adoraba. Para mí no podían cometer ningún fallo. Su palabra era ley. Cuando hablaban, obedecíamos. La relación no era de intimidad y confianza, de tú a tú, sino de reverencia y devoción. Como creyente tenía una confusión en mi mente. Creía que en el mundo había gente buena y gente mala, y que mis abuelos eran buenos. Me costaba pensar que podría haber pecado en ellos. Mi doctrina me dijo que todo el mundo ha pecado, pero me costaba admitir que esto podría ser cierto de mis abuelos.

            Pasé por una experiencia muy dura en la cual el Señor rompió en pedazos mi visión de un mundo perfecto con gente perfecta como mis abuelos. Entré en la dura realidad de comprender que todos somos pecadores hasta la médula, terriblemente corrompidos y egoístas hasta el punto de hacer daño a los que más amamos. Somos torcidos y perversos. Esto es lo que las Escrituras enseñan. Fue la actitud de Jesús en cuanto a la gente: “No se fiaba de los hombres, porque conocía a todos” (Juan 2:24). Ver cómo es tu ídolo de verdad es muy duro. Cae del pedestal con un fuerte estruendo y yace en pedazos en el suelo a tus pies. Tu mundo queda derrumbado.

             Así fue para mí cuando el Señor quitó la venda de mis ojos. Tenía veinte seis años. Mi padre y mis dos abuelos estaban terminalmente enfermos y mi madre me envió a atender a los abuelos mientras ella cuidada de mi padre. Viviendo en su casa ya de mayor todo salió a la luz. Lo que vi derrumbó mi mundo. Comprendí muchas cosas. Perdí mi refugió, mi seguridad, el fundamento sobre el cual había construido mi vida. Era necesario para que encontrase el verdadero Refugio, la seguridad que nada puede afectar y el fundamento que es la Roca Eterna, pero tardaría un poco en cambiar lealtades y reconstruir mi vida. Mientras tanto, me sentí terriblemente sola.

            Han pasado muchos años. Aquello está más que perdonado y sanado. Sigo amando a mis abuelos, pero con un amor realista e informado. Siguen siendo muy especiales para mí y doy gracias a Dios por haberlos tenido por abuelos, pero ya no son ídolos, sino pecadores como todos los demás. Desde entonces he observado que hay personas frías y exigentes a las que nunca puedes complacer, pero que inspiran una devoción semi-divina. Mi abuela era de estas. Mi madre luchó toda la vida para complacerla y siempre se sintió culpable por no haberlo logrado. Sus lealtades estaban dividas entre mi abuela y mi padre y, como familia, sufrimos las consecuencias. Ahora entiendo que sólo hay Uno al que tenemos que complacer. Es el único digno de de toda nuestra devoción.   

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