DIOS, HÁBLAME 

“Dí a mi alma: Yo soy tu libertador” (Salmo 35:3).

             “Disputa, Oh Jehová, con los que contra mí contienden; pelea contra los que me combaten. Echa mano al escudo y al pavés, y levántate en mi ayuda. Saca la lanza, cierra contra mis perseguidores; dí a mi alma: Yo soy tu salvación” (Salmo 35:1-3). David estaba en gran dificultad. Estaba siendo perseguido por el ejército de Saúl. Contendían con él. Quiere que Dios pelee contra ellos, tanto ofensivamente como defensivamente. ¡Dios es nuestra ofensiva y defensiva!, las dos cosas. Nos protege con el escudo y va a por el enemigo con la lanza. ¡Él es un ejército de uno solo! David, que era un hombre de guerra, sabía valorar la destreza de Dios en la guerra. Necesita que luche por él.

             También necesita paz interior, y para conseguirla, pide que Dios hable a su alma. Sabemos cosas acerca del Señor que nos animan, pero esto no es nada en comparación con Dios mismo hablándonos, diciéndonos que Él es nuestro libertador. David ora: Dile a mi alma: “Yo soy tu libertador”. David se lo podría decir a sí mismo: “Dios es mi libertador”, pero no es lo mismo. Cuando Dios habla es el final de nuestras preocupaciones. Su voz es un milagro en sí misma. ¡Que Dios Omnipotente me hablase a mí desde el cielo es fantástico! ¡Es una voz del otro mundo llegando a este! Dios se ha fijado en mí y me ayudará. Su misma voz obra paz y esperanza en mi alma atribulada. Cuando Dios dice: “Yo soy tu libertador”, se efectúa el primer milagro y el segundo, el de la liberación, lo sigue de cerca.    

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