EL AGUA DE LA ROCA

“Y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo” (1 Cor. 10:4). “El que bebe del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás” (Juan 4: 14).

 En el desierto, Israel necesitaba agua para vivir, y la mujer samaritana también. Por eso había venido al pozo para buscar agua, pero el agua del pozo no abastecía su sed. ¿De qué tenía sed? ¿De conocer la religión verdadera, la verdad? No; su sed era más profunda que una sed intelectual acerca de la religión. ¡Era una sed total! Esta mujer tenía necesidades afectivas: buscaba ser amada; necesidades emocionales de estabilidad y seguridad; necesidades sicológicas de aceptación i identidad; y necesidades sociales, de encontrar su lugar en la sociedad, pues, como samaritana formaba parte de una etnia minoritaria rechazada por Israel y despreciada. ¡Y todo esto pretendía solucionar Jesús con el agua que le ofrecía! 

 Si pensamos que su única sed era “espiritual”, con saber que los judíos tenían la razón (v. 22), ya estaba todo solucionado. Si entendemos que la parte espiritual incluye la parte afectiva, intelectual, social, emotiva y sicológica, y que estas áreas no están separadas, sino que se entremezclan para formar la totalidad de nuestra personalidad, y que todo ello afecta la parte física, nos acercamos más a lo que Jesús le ofrecía. El quería satisfacer a esta mujer, a toda ella. Comprendía que era una persona profunda y compleja que había buscado el amor y la aceptación en muchos hombres, que estaba decepcionada y seguía buscando; y sentía compasión del ella. También sabía que lo que ella buscaba lo tenía delante de sus ojos, pero que no se daba cuenta: “Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras del don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva” (v. 10).

 Lo que satisface la necesidad emocional, personal, social y espiritual es más que conocer a Jesús como nuestro Señor y Salvador. Este es solo el inicio. Lo que Jesús le ofrecía era más que la salvación de su alma, le ofrecía “el agua”. ¿Esta agua qué es? Es el Espíritu Santo. ¡Curioso que el Señor no le ofreció el perdón de sus pecados!, (¡ni un marido perfecto!), sino el Espíritu Santo. Y el Espíritu Santo, ¿qué da? Tenerle en plenitud es lo que te completa como persona. Una vez perdonados necesitamos saber quiénes somos, es decir, tener identidad, saber que somos aceptados en Cristo, que somos hijos amados de Dios, que formamos parte de una familia que es nuestra nueva sociedad. Necesitamos ir entendiendo las verdades espirituales. Necesitamos encontrar nuestro lugar: ubicación, estabilidad emocional. Necesitamos paz, seguridad, calma y sentirnos cuidados. Necesitamos comunicación, sentirnos comprendidos, ¡el final de nuestra soledad! Necesitamos sentirnos valorados, apreciados. Necesitamos sentirnos útiles, con dones y ministerios productivos. Necesitamos la sanidad de todas las heridas de nuestro pasado y encontrar libertad de nuestras esclavitudes. Necesitamos ir cambiando y madurando en los rincones escondidos de nuestra personalidad. Necesitamos ilusión, un futuro y una esperanza. Todas estas necesidades y más, nos las llena el Espíritu Santo a la medida que le admitimos a estas partes de nuestro interior. No es automático al ser bautizados en Él. Es paulatino al ir bebiendo de esta agua que Jesús ofrece. Él es la Roca que nos va siguiendo por el  desierto, abriéndose para satisfacer nuestra sed con su Espíritu. Bebe, bebe, y bebe (1 Corintios 12:13).

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