EL BUEN LABRADOR

“Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto” (Juan 15:1-2).

 Si pasamos delante de una casa y vemos un jardín muy pobre, no culpamos a las plantas por no florecer, echamos la culpa al jardinero. Lo mismo con un huerto. Si un huerto no es productivo, no nos preguntamos qué ha pasado con las lechugas que son raquíticas, sino que pensamos que el hortelano no es muy bueno. Un buen jardinero tiene un jardín hermoso, ¡floreciente!, y un buen hortelano tiene una rica cosecha. Lo mismo con el labrador. Jesús aquí nos está diciendo que su Padre es el Labrador de un campo de cepas. Ahora, ¿qué clase de labrador será? Lo mejor. Es su responsabilidad que las cepas producen uvas en abundancia. Sabe como conseguirlo. Cada cepa ha sido escogida para dar buen fruto. El Señor Jesús dijo: “Yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto” (v. 16). Jesús nos escogió y el Padre nos poda para que llevemos fruto.

Nuestra responsabilidad como pámpanos es chupar la sabia de la vid. Nada más. Es permanecer conectados con Cristo: “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vida, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí” (v. 4). No tenemos la responsabilidad de producir fruto. Esto es el resultado automático si permanecemos conectados a la vid. La responsabilidad de Jesús es escogernos; la responsabilidad del Padre es podarnos, y la responsabilidad nuestra es permanecer en Cristo.

 Cuando vemos un hermoso racimo de uvas, no decimos: ¡Qué ramas más buenas han producido estas uvas!, sino: ¡Qué bueno es este labrador! El Labrador nuestro es el que asume la responsabilidad para que nuestras vidas sean fructíferas. Sabe podarnos.  Tratará con las áreas de nuestra vida que no nos permiten dar fruto. Tocará actitudes malas, ideas malas, hábitos malos y conductas malas; y todo esto lo cortará para que nuestra vida dé fruto. Si permanecemos en Cristo, amándole y obedeciéndole (v. 9, 10), el fruto está garantizado, porque habremos cumplido nuestra parte, y ¡la parte del Padre no fallará!

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