EL ENEMIGO ENGAÑA

 “El diablo ha sido homicida desde el principio, no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira. (Juan 8:44). “Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión” (1 Tim. 2:14). “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32).

 El diablo es homicida, mentiroso, y engañador. No solo engaña a los del mundo, engaña a creyentes también. Si no nos puede hacer pecar, nos acusa de haber pecado cuando no es cierto, ¡y se lo creemos muchas veces! O si no, nos hace creer cosas acerca de Dios que no son ciertas, para que desconfiemos de Él. En el caso de Job, no lo pudo convencer que había pecado, pero sí le convenció que Dios ya no le tenía por amigo, y esto, sin causa. Esto confunde. Lo que pretende el enemigo es separarnos de Dios. Nos habla mal de Él, y a Dios le habla mal de nosotros. Esto es lo que hizo cuando acusó a Job delante de Dios de ser un interesado y no una persona leal que le amaba incondicionalmente, y esto lo hizo acusando a Job por medio de sus amigos. 

             Nuestra arma contra estas terribles mentiras de nuestro enemigo es un conocimiento de lo que es pecado y de lo que no lo es, una comprensión correcta del carácter de Dios, y un profundo entendimiento de lo que hizo Cristo por nosotros en la cruz, de la totalidad de nuestro perdón y aceptación delante de Dios, para que no lo creamos cuando el diablo nos acusa de ser indignos de Dios. El Espíritu de Dios es el que nos conduce a toda la verdad. Él arroja luz sobre los engaños del enemigo para que pensemos según la Palabra de Dios, y no conforme a la confusión del enemigo.

             Los engaños del diablo son sutiles, tan sutiles que fácilmente caímos en la trampa. Una señora financió el aborto de una joven adolescente, porque razonó que si no le dejaba el dinero, robará, y, claro, no quería que encima practicase el robo. Así el diablo le engañó y fue cómplice de un crimen. Cuando se dio cuenta, ya era tarde y se sintió muy mal. Había participado en un pecado terrible. ¡Ahora el enemigo le acusaba! Engaña y luego acusa. Es “el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche” (Ap. 12:10). ¿Qué hacer ahora? “Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero” (Ap. 12:11). La liberación de la tormenta de las acusaciones del diablo viene cuando confesamos nuestro pecado y Dios nos perdona, por amor a la sangre del Cordero derramada en nuestro favor. Cuando el  diablo nos engaña y caemos, luego nos acusa y nos sentimos sucios e indignos de acercarnos a Dios. Nos hundimos. Para salir de esto, confesamos nuestro pecado y Dios nos perdona. La sangre nos limpia. Y otra vez tenemos victoria y gozo, porque estamos en paz con Dios. No hay pecado que nos puede apartar de Dios una vez que haya sido perdonado. Vencemos por medio del la sangre del Cordero.

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