EL MANÁ SIGUE DESCENDIENDO

 “Y cuando descendía el rocío sobe el campamento de noche, el maná descendía sobre él” (Números 11:9).

 El maná descendía cada día. Cada día se abría el cielo y bajaba este milagroso sostenimiento. Jesús, comentando esta experiencia de Israel en el desierto, lo aplicó a sí mismo: “Y Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: No os dio Moisés el pan del cielo, mas mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo. Le dijeron: Señor, danos siempre este pan” (Juan 6: 32-34).

 Jesús sigue hablando: “Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y murieron. Este es el pan que desciende del cielo, para que el que de él come, no muera. Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este  pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo” (Juan 6: 48-51). Jesús descendió del cielo para dar su vida por nuestro rescate y los que hemos creído en él tenemos la vida eterna y nunca moriremos. Esta es nuestra salvación. Después de salvos nos mantenemos sanos espiritualmente por el mismo modo: como el maná vino fresco cada mañana, Jesús sigue descendiendo sobre nosotros cada día para darnos vida. Leemos la Palabra, la recibimos al corazón, y se nos abre el cielo y desciende el Espíritu del Señor Jesús sobre nosotros nuevamente, diariamente, siempre nuevo, siempre fresco, fortaleciendo nuestro espíritu, dándonos vida de sí mismo. Esto es aún más milagroso que lo que les pasó a Israel en el desierto: el cielo se me abre y desciende Jesús como el maná, su presencia va cayendo sobre mí llenándome de su Espíritu, renovando mi vida espiritual.

 Los católicos pretenden comer del cuerpo de Jesús cuando participen de la Misa. ¡Pero el verdadero alimento espiritual es mucho más maravilloso! No comemos de él en este sentido. Comer de su cuerpo no nos haría nada; es comer de su espíritu, de su esencia, lo que transforma: “El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha” (v. 33). Es recibir vida de él. No hay magia en su cuerpo físico. Estamos hablando una realidad espiritual que ocurre cuando yo me levanto por la mañana para buscar a Dios y recibir el alimento que sostiene mi vida espiritual, y me pongo delante de Él y abro su Palabra: entones, Jesús desciende sobre mí renovando mi vida. Jesús, la Palabra, el maná es todo uno: “Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida” (v. 33). Celebramos esto mismo, simbólicamente, en la mesa del Señor, pero lo vivimos cada día: “El que come mi carne y bebe mi sangre, en mi permanece, y yo en él… El que me come, él también vivirá por mí. Este es el pan que descendió del cielo” (v. 56-58). A esto respondemos lo que dijeron los primeros oyentes: “Señor, danos siempre este pan” (v. 34).

V2BibleBooks 2010 - carte du site - contact - photos