EL PAPEL DE MARÍA

 “He aquí la virgin dará a luz un hijo, llamará Su nombre… (Is. 7:14).

 El papel de María fue sumamente difícil. Por un lado había escuchado la voz de Dios por medio del ángel de la anunciación diciéndola que iba a ser la madre del Mesías, el Hijo de Dios, el Rey de Israel, y por otro lado, no le reveló todo, solo que una espada iba a traspasar su alma. Dios iba a poner en marcha su plan de maneras incomprensibles para el ser humano. Ser esta madre tan importante podría hacerle pensar que iba a ser la reina madre del futuro reino de Israel, aportando la tentación de enorgullecerse, tentación que evitó por su gran humildad. Otra tentación sería intentar encaminar la vida de este Hijo, aconsejarle, y Jesús mismo la iba protegiendo de esta tentación poniéndola en su lugar, repetidas veces. Todos tenemos la tentación de dirigir a Dios y decirle lo que debe hacer, y el Espíritu Santo nos tiene que llevar vez tras vez al lugar de la humilde espera en Dios, dejando que él haga las cosas a su manera.

 Para María habría sido emocionante ver la popularidad de su Hijo al principio de su ministerio, verle delante de las masas, ver el entusiasmo de la gente, sus palabras, sus milagros. Pero cuando iba perdiendo popularidad, cuando los líderes religiosos le rechazaron, cuando la gente dejaba de seguirle, ofendida, porque no entendía su programa, o porque sus exigencias eran muy fuertes, María se habría sentido confundida. ¿Qué esta pasando? Cuando la gente pensaba que Jesús estaba fuera de sí, ella y sus hijos vinieron a buscarle, para llevarle al abrigo del hogar familiar, para consolarle y estar por él, pero Jesús rehusó esta ayuda.

 Luego cuando Jesús fue prendido, acusado falsamente, difamado y torturado, ¡como sufriría esta madre viendo en qué estado estaba su amado Hijo! Al pie de la cruz nadie sufriría como María. Allí es donde habría tenido la tentación de dudar de las promesas de Dios. ¿Cómo podría ser el Rey de Israel si estaba muerto? ¿Qué de la promesa que Dios le había dado? Creo que ella, siendo la persona que era, seguía esperando en Dios, aunque no entendía nada. No entendía que el Mesías tenía que morir y resucitar y luego entrar en su gloria, que el Mesías, antes de subir al trono de Israel, tuvo que llevar el pecado del mundo. Que su salvación no era política, sino espiritual. Que además de ser Rey, el León de Judá era el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Y que su reino iba a ser mucho más grande de lo que ella pensaba; iba a incluir todo el mundo, todas las nacionalidades y todo el universo.

 Poco a poco Dios iba llevando a María a un entendimiento de sus propósitos, y  poco a poco ella iba asimilándolos. Iba entendiendo que el santo ser que ella había llevado en su vientre era más grande de lo que nadie jamás había sabido, que su papel como madre se había terminado al pie de la cruz y que Él ya no era de ella, sino de todo el mundo, para hacer el papel que el Padre le había dado, para sufrir y reinar, para salvar a mucho pueblo, y que el lugar que ella tendría en el reino no iba a ocuparlo por ser el madre del Mesías, sino por ser una fiel hija de Dios, un lugar importante por haber desempeñado su papel con fe y dignidad, con confianza en Dios a pesar de todo los incógnitos. Ella es digna de admiración, no de adoración, sino de imitación, como uno que supo dejar que Dios hiciera las cosas a su manera y en su tiempo. 

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