EL TEMPLO DE DIOS 

“Edificaré mi iglesia; y la puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mat. 16:18).

             Jesús dijo que edificaría su Iglesia, el templo del Dios vivo. Dios no vive en templos hechos de manos. Los cielos de los cielos no pueden contenerle, mucho menos un edificio humano. Sin embargo ¡hace de nuestros corazones su morada! Jesús está edificando su iglesia que es una realidad espiritual y nosotros los redimidos formamos parte siendo piedras vivas en su templo. A la medida que la gente se vaya convirtiendo, se va incorporando en este santo templo: “Acercándose a él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa, vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios aceptables a Dios… He aquí, pongo en Sión la principal piedra del ángulo, escogida preciosa… La piedra que los edificadores desecharon, ha venido a ser la cabeza del ángulo” (1 Pedro 2: 4-7). Como parte de este templo santo somos “edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en que vosotros también sois juntamente edificados, para morada de Dios en el Espíritu” (Ef. 2: 20-22).  Ver 1 Cor. 3:11 y 16: nuestro cuerpo es el templo del Espíritu Santo y todos juntos somos el templo del Espíritu Santo.
             La iglesia de Cristo, o el templo de Dios, esta morada de Dios en el Espíritu, no es una cosa física, pues leemos en Ap. 21:22 en la visión de apóstol Juan de la Nueva Jerusalén: “Y no vi en ella templo; porque el Señor Dios Todopoderoso es el templo de ella, y el Cordero”. Él es el que todo lo llena en todo. Este precioso templo compuesto de los santos de todos los tiempos fue contemplado por los profetas. Su palabra a Zorobabel que estaba trabajando en la construcción de este templo (!) siglos antes de la venida de Cristo fue: “Vendrán los deseados[2] (los tesoros, léase: los redimidos) de todas las naciones; y llenaré de gloria está casa, ha dicho Jehová de los ejércitos. La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera, ha dicho Jehová de los ejércitos; y daré paz en este lugar, dice Jehová de los ejércitos” (Hageo 2: 7, 9). La gloria de la casa cuya piedra angular es Jesucristo y cuyas piedras son los redimidos de Dios por la sangre de Cristo es infinitamente mayor que la de un templo construido por manos. Esta realidad espiritual está hecha por el poder de Dios: “No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos. ¿Quién eres tú, oh gran monte? Delante de Zorobabel serán reducido a llanura; él sacará la última[3] piedra con aclamaciones de gracia, gracia a ella” (Zac. 4:6, 7). La primera piedra de Jesús, la piedra del ángulo, y la última será él en su venida, pues él es el alfa y la omega, principio y final. Con su venida el templo estará completo, una obra hermosísima, digna de ser la eterna morada de Dios en el Espíritu, y todo habrá sido por gracia (Zac. 4:7b).  



[1] Basada en un sermón de David Burt, 28 de Nov.

[2] En hebreo, el verbo es plural

[3] Ultima o principal, primera en importancia, (trad. del hebreo)

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