LA AMONESTACIÓN 

“Cristo,… a quien anunciamos, amonestando a todo hombre, y enseñando a todo hombre en toda sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre; para lo cual también trabajo” (Col. 1:27-29).

             Pablo no solo enseñaba. También amonestaba. Por “amonestar” queremos decir corregir, advertir, avisar, exhortar, reprender, reconvenir y regañar. Es mostrar a una persona lo que está haciendo mal para que deje de hacerlo o mostrarle el peligro que hay en hacer algo para que no lo haga. Forma una gran parte de la enseñanza. Los padres siempre están amonestando a los niños pequeños: “No te acerques a la estufa. No toques la sartén. No cruces la calle. No corras; te vas a caer. ¡Este cuchillo corta! ¡Estas pastillas no son caramelos! No juegues con cerillas”. Los adolescentes necesitan mucha amonestación también, pero les cuesta aceptar que los padres saben lo que les conviene más que ellos mismos. Los cristianos también necesitamos amonestación para no hacernos daño espiritualmente, pero nos cuesta admitirla.

 Amonestar no es un trabajo muy grato y no es muy apreciado por las personas que la reciben, pero es esencial si vamos a alcanzar la madurez espiritual (1:28). Pablo tenía esto muy claro. Le importaba más la protección de los creyentes que su propia popularidad. Aquí en este contexto de Colosenses Pablo les amonesta acerca de la falsa enseñanza: “Y esto os digo para que nadie os engañe con palabras persuasivas” (2:4) y acerca de las ideas del mundo: “Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres,… y no según Cristo” (2:8).  Hay peligro. Hay que estar al tanto.

 En nuestros días también hace falta mucha amonestación para que no nos apartemos de Cristo ¡sin ni siquiera darnos cuenta! Hay que avisar contra un “evangelio light” que no salva a nadie; sobre la fe sin obras que tampoco salva; sobre la necesidad de la santidad sin la cual nadie verá a Dios; sobre una falsa seguridad de salvación sin haber recibido el Espíritu Santo y sin transformación de vida. La misericordia de Dios no es licencia para pecar. Hay que avisar contra el irnos deslizando del Señor; contra el dejar de congregarnos; contra no estudiar la Palabra; en cuanto a no contaminarnos con el mundo y su ética; hay que avisar sobre la música del mundo que enseña una filosofía anti-cristiana; sobre el culto al cuerpo que es vanidad; sobre la mentalidad moderna que no distingue entre hombre y mujer, que no disciplina a los niños, que no se somete a ninguna autoridad, ni en la iglesia, ni el hogar, ni en el lugar de trabajo, ni de parte de las autoridades civiles; sobre divisiones en la iglesia que solo sirven los propósitos del diablo; sobre pecados personales como el orgullo, la terquedad, la desorganización, la falta de compromiso, la indisciplina personal, la falta de control de uno mismo, la mala educación; y en cuanto a la necesidad de una constante búsqueda de Dios, sumisión a su voluntad, obediencia, reverencia y perseverancia en la fe.

 Pablo amonestaba. No quería que nadie se apartase del Señor: “Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo; andad en él” (2:6). Recibiste al Señor por fe, ahora vive una vida de fe. Y si estás para apartarte del camino, ¡qué el Señor mande a alguien para amonestarte!   

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