LA CENA DEL SEÑOR; LA EUCARISTÍA (1)

“El Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la copa… diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas la veces que la bebiereis, en memoria de mí. Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga” (1 Cor. 11:23-26).

 Jesús estaba celebrando la Pascua con sus amados discípulos por última vez en este mundo. Dentro de poco sería prendido, torturado y crucificado. Resucitaría tres días después, y volvería a estar entre sus discípulos de nuevo, pero no como antes. Aparecería y desaparecería hasta ser recibido en el cielo de donde estamos esperando su retorno. Esta celebración en el Aposento Alto estaba anunciando su muerte y anticipando su venido de nuevo como una despedida y una promesa de volver.

 ¿Qué recibieron los discípulos cuando participaron de aquel pan y vino? No hay nada externo que nos puede hacer santos por dentro. La santidad no viene por cosas físicas. Jesús lavó los pies de Judas con agua que el mismo tocó, pero esta agua no era bendita. No hay ninguna agua bendita que nos santifique. ¡Después de recibir este lavamiento físico, Judas le traicionó! Los discípulos tomaron el pan y el vino, pero no les cambió para nada. No recibieron ninguna virtud o gracia divina. No limpió sus almas. No cambió sus caracteres. Pedro, después de unas breves horas, negaría al Señor y los demás huirían y le abandonarían. No recibieron nada en aquella celebración cuando tomaron el pan y el vino de las mismas manos de Cristo.

 Cuando Jesús dijo: “Esta es mi cuerpo…esta es mi sangre” (Mat. 28: 26, 28), algunos lo interpretan que aquel pan se convirtió en el cuerpo de Jesús y aquel vino en su sangre. En tal caso, ni su mismo cuerpo, ni su misma sangre tuvieron el poder para guardarlos discípulos de pecar. No les limpió, no los perdonó ni los cambió. Pedro recibió el perdón cuando se arrepintió con lágrimas amargas después del hecho, pero no recibió el poder para cambiar hasta el día de Pentecostés cuando recibió el Espíritu Santo. La sangre de Jesús derramado en la cruz limpió se pecado, y el Espíritu Santo recibido cambió su vida. Cuando decimos que la “sangre” de Cristo nos limpia de todo pecado (1 Juan 1:7), no es literal. Si hubiésemos recogido la misma sangre de Jesús el día en que fue crucificado, esta sangre no tendría virtud alguna. Lo que limpia de todo pecado es mi fe en la ofrenda de Jesús por mi pecado. Su sangre representa su vida derramada por mí hasta la muerte. Si un soldado romano oficiando en la crucifixión hubiese sido salpicado por aquella sangre, no le hubiese hecho nada. Aquel que exclamo: “Verdaderamente éste era Hijo de Dios” (Mt. 27:54), si puso su fe en aquel sacrificio por su pecado, sí que se salvó.

 Lo que salva y limpia es la fe en lo que Jesús hizo; ni su mismísima sangre nos puede hacer nada sin fe de nuestra parte.

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