LA DUREZA DE CORAZÓN

“Y respondiendo Jesús, les dijo: Por la dureza de vuestro corazón [Moisés] os escribió este mandamiento (regulando el divorcio); pero al principio de la creación, varón y hembra los hizo Dios. Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne; así que no son ya más dos, sino uno. Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” (Marcos 10:5-7).

 La dureza de corazón es la condición natural del hombre en su rebeldía contra Dios. Es otra manera de decir “pecado”. El hombre peca porque su corazón está duro. Jesús dijo que Moisés permitió el divorcio por la dureza del corazón del pueblo de Dios. Como insistían en ir en contra de la voluntad de Dios, había que contener esta rebeldía por medio de leyes para que no fuera a más. La voluntad de Dios desde el principio para el matrimonio era la unión de un hombre y una mujer para toda la vida. Esto es lo que estableció con Adán y Eva. Pero, debido a la dureza del corazón del hombre, ciertos matrimonios llegaron a ser inviables. ¿Entonces qué? Había que regular esta nueva situación en que los dos se separaban, para que no condujera al desenfreno total y la completa destrucción de la sociedad. Por este motivo, Moisés estableció la ley del divorcio: “Moisés permitió dar carta de divorcio, y repudiarla” (v. 4). El hombre podía divorciarse de su mujer y formalizar una segunda relación con otra mujer, una sola, y tendría que comprometerse a ella para el resto de su vida. El divorcio es una salida para pecadores para controlar el pecado, para que no se convierta en lujuria y desenfreno total. Si no fuera por la dureza del corazón, el matrimonio no tendría impedimento alguno para durar toda la vida.

 Esta era la situación de Israel en el Antiguo Testamento. Luego vino Jesús y nos trasladó de la Ley a la gracia. Nos dio un nuevo corazón y una serie de nuevas normas, devolviéndonos a cómo Dios nos creó al principio, pero esta vez con el Espíritu Santo para capacitarnos para vivir conforme a la voluntad de Dios: “al principio de la creación, varón y hembra los hizo Dios. Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne; así que no son ya más, sino uno. Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” (Marcos 10:6,7). La nueva enseñanza de Jesús es la voluntad de Dios para el creyente. Vienen a nuestras iglesias personas que no han recibido el Espíritu Santo, todavía están bajo la ley de Moisés o no se sujetan a ninguna; son inconversos. Viven según los modales de esta sociedad. Muchos se han casado varias veces, han tenido relaciones con muchas mujeres, y tienen hijos de algunas de estas relaciones. No podemos aplicar las normas del Nuevo Testamento a estos casos, porque son inconversos. Si se convierten, ¿qué les decimos? Que normalizan la relación actual y, a partir de ahora, que viven bajo las enseñanzas de Jesús.

 Los inconversos regulan sus relaciones a su manera, o, en el mejor de los casos, bajo la ley de Moisés, y los creyentes bajo la enseñanza de Jesús. Lo que no puede ser es que los creyentes vivan bajo la ley de Moisés que permitía el divorcio y segundas nupcias. El divorcio es para corazones duros, no para corazones regenerados, y las enseñanzas de Jesús son para los que tenemos el Espíritu Santo.

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