LA MAÑANA  


“Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz. Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de la tinieblas. Y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche. Y fue la tarde y la mañana un día” (Gen. 1:3-5).

  

Amanece el día cuando la luz vence la oscuridad. Esta siempre es obra de Dios. El Omnipotente pregunta al hombre: “¿Has mandado tú a la mañana en tus días? ¿Has mostrado al alba su lugar, para que ocupe los fines de la tierra?” (Job 38:12, 13). El hombre no puede traer el nuevo día, pero Dios sí. Él manda y la luz viene. Tanto la duración de la noche como la llegado de un nuevo día, ambos están en manos de Dios.  

  

En el Antiguo Testamento la mañana fue un tiempo para viajar (Gen. 24:54), para hacer la guerra (Josué 8:10) y para tomar una acción decisiva (Gen. 28:18). También fue el tiempo cuando Dios proveía el maná para Israel en el desierto (Ex. 16:7-24): “Y por la mañana veréis la gloria del Señor… por la mañana había una capa de rocío alrededor del campamento. Cuando la capa de rocía se evaporó, ha aquí, sobre la superficie del desierto había una cosa delgada, como copos, menuda, como la escarcha sobre la tierra. Al verla, los hijos de Israel se dijeron unos a otros: ¿Qué es esto?, porque no sabían lo que era. Y Moisés les dijo: Es el pan que el Señor os da para comer”. Cada mañana caía fielmente durante los 40 años que Israel estaba en el desierto, cada mañana un milagro fresco de la mano de Dios.

  

La mañana fue un tiempo para la oración: “Oh Jehová. De mañana oirás mi voz; de mañana me presentaré delante de ti y esperaré”  (Salmo 5:3), para ofrecer sacrificio: “Y el fuego encendido sobre el altar no se apagará, sino que el sacerdote pondrá en él leña cada mañana, y acomodará el holocausto sobre él, y quemará sobre él la grosura de los sacrificios de paz” (Lev. 6:12); y para adorar: “Y levantándose de mañana, adoraron delante de Jehová, y volvieron y fueron a su casa en Ramá”  (1 Samuel 1:19). Fue un tiempo para regocijar: “Por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría” (Salmo 30:5), porque la aflicción de la noche había terminado. 

  

Se esperaba la mañana con ansias: “Mi alma espera a Jehová más que los centinelas a la mañana, mas que los vigilantes a la mañana” (Salmo 130:6). La llegada de un nuevo día recordaba a los Israelitas el amor fiel de Dios, su misericordia y su justicia para con su pueblo: “De mañana sácianos de tu misericordia, y cantaremos y alegraremos todos nuestros días” (Salmo 90:14); “Anunciar por la mañana tu misericordia y tu fidelidad cada noche” (Salmo 92:2); “Oh Señor, ten piedad de nosotros, en ti hemos esperado. Sé nuestra fortaleza cada mañana, también nuestra salvación en tiempo de angustia” (Is. 33:2). Cada amanecer introduce un nuevo día, y sirve para recordar a Israel la frescura, la fidelidad y la inmensidad del cuidado de Dios para su pueblo: “Las misericordias del Señor jamás terminan, pues nunca fallan sus bondades; son nuevas cada mañana; ¡grande es tu fidelidad!” (Lam. 3:23) y “El Señor es justo en medio de ella; no cometerá injusticia, cada mañana saca a luz su juicio, nunca falta” (Sof. 3:5). Saludamos cada nuevo día con ilusión; la recibimos de Dios con alegría. Nos anticipa EL DÍA cuando la luz vencerá la oscuridad para siempre.

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