LA SANTA CENA; LA EUCARISTÍA  (2)

“El Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la copa… diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas la veces que la bebiereis, en memoria de mí. Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga” (1 Cor. 11: 23-26).

 La Biblia está llena de símbolos, pero los símbolos no tienen ningún poder en sí, solo la realidad que representan. Los israelitas en el desierto caminaron bajo la nube de la presencia de Dios, comieron del maná caído del cielo, bebieron del agua que salía de la roca, la roca siendo Cristo mismo, pero ninguna de estas cosas los santificaron, ni tenían poder en sí mismas para salvar sus almas. Lo que leemos en la Biblia es que a pesar de experimentar estas bendiciones, se apartaron de Dios por la incredulidad de sus corazones, y se perdieron. ¡Que aviso más solemne para nosotros! Lo mismo es cierto de la Santa Cena, la Mesa del Señor, o la Eucaristía. Ninguna participación de los símbolos puede proporcionarnos la salvación, ni siquiera la limpieza de nuestros pecados, si no va acompañado con fe de nuestra parte. Estamos diciendo que lo externo no efectúa cambios en lo interno.

 Las cosas espirituales como el perdón de pecados, la limpieza y la transformación de una vida se efectúan por medios espirituales, por la fe en lo que Jesús literalmente hizo. Sin fe, beber de la copa y comer del pan no solamente no logra nada, ¡sino que condena!  Porque la Escritura dice: “De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere de la copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor; por tanto, pruébese cado uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa. Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para ti” (1 Cor. 11: 26-29). El que participa de la mesa del Señor o de la Eucaristía sin fe verdadera en la muerte de Cristo por sus pecados, sin la intención de vivir una vida digna del Señor, sino de continuar practicando el pecado, esta persona, ¡lejos de recibir una gracia de Dios, recibe el juicio y el castigo de Dios! (v.30).

 Si el pan y el vino tuviesen poder en sí mismos, perdonarían automáticamente a los que participan en este acto, pero no tienen ninguna virtud en sí mismos, ni siquiera si fuesen la misma sangre que fluyó de la Cruz del Calvario. Si no hay arrepentimiento y fe en Cristo como nuestra única esperanza de salvación, estos símbolos no solamente no hacen nada, sino todo lo contrario: ¡esta participación hipócrita nos condena!

 Dios ofreció a su Hijo por nuestra salvación. Cuando ponemos nuestra fe en la eficacia y total suficiencia de su obra por nuestra limpieza y aceptación delante de Dios, somos salvos. Entonces podemos participar de su mesa con el gozo de nuestra  salvación y el agrado de Dios.

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