LAS DOS MESAS

  “No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los demonios; no podéis participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios” (1 Cor. 10:21).

 Pablo ha estado hablando de las cosas que apartaron a los israelitas de la verdadera fe en Dios. Una de ellas es la idolatría. No se puede adorar a Dios y a los ídolos a la vez. “Por tanto, amados míos, huid de la idolatría”, dice el apóstol. Dios quiere toda nuestra devoción o ninguna. Aborrece las mezclas, un poco de idolatría y un poco de cristianismo. Esto provoca a Dios a celos: “¿O provocaremos a celos al Señor?” Él quiere todo nuestro corazón, no solo una parte. Este pecado de la idolatría es tan fuerte que nos puede dejar postrados en el desierto; el Señor nos destruye en su ira: “¿Somos más fuertes que él?”, pregunta Pablo. ¿Podemos luchar contra Dios y ganar? No. La práctica de la idolatría nos pone en la misma posición en que se encontraban los israelitas cuando hicieron el becerro de oro y lo adoraron como parte de su culto a Dios. Fueron visitados con la mortandad (Ex. 32:6). Dios no quiere imagines, ni como parte de la adoración a su Persona, ni el Santo Tal, ni la Virgen Cual. Todo es idolatría.

 Los corintios participaban de la idolatría comiendo carne sacrificado a dioses paganos. Estos ídolos solo eran estatuas, pero detrás de ellos están poderes demoníacos. Si lo dudas, dile a alguien que la Virgen de Monserrat es un ídolo y ¡verás como responde el demonio! Pablo pregunta: ¿cómo podéis participar de la mesa del Señor, del pan y vino que representan la carne del Cordero sacrificado por nosotros, y de la carne sacrificada a los ídolos con sus demonios detrás? O bien se rinde culto a Dios, o bien al diablo, pero no a los dos a la vez.

 Esto nos lleva a otra consideración. ¿Cómo podemos satisfacernos con la mesa del Señor y la mesa del mundo a la vez? ¿Qué es lo que realmente nos llena, la Palabra de Dios, el estar con su pueblo, cantar sus alabanzas, testificar de su gracia, o lo que el mundo ofrece: su deporte, ocio, lectura, entretenimiento, cine, televisión, modas, conversaciones mundanas, la mentalidad moderna, nuestro trabajo, la familia, todas las cosas que llenan la gente del mundo? Si esto último es lo que nos satisface, si buscamos nuestra plenitud en esto, que no nos engañemos, estamos comiendo de las dos mesas. Vamos a la iglesia el domingo para satisfacer la parte espiritual de nuestra vida y luego satisfacemos la parte mundana con lo demás. Esto es estar con el corazón dividida, es idolatría, y es comer de los manjares de los demonios para llenar una vida que pretende ser de Dios. No puede ser. Dios no lo soporta. Incurrimos en su ira. “Por tanto, amados míos, huid de la idolatría”, o como nos insta el apóstol Juan con su ternura: “Hijitos, guardaos de los ídolos” (1 Juan 5: 21).

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