NUESTRA FE Y LA VOLUNTAD DE DIOS 

“No hay sabiduría, ni inteligencia, ni consejo, contra Jehová. El caballo se alista para el día de la batalla; mas Jehová es el que da la victoria” (Prov. 21:30, 31).

   ¿Nuestra fe es lo que hace que las cosas ocurran, o es la voluntad de Dios el factor determinante? ¿Si yo tengo fe, voy a recibir lo que pido, o si es la voluntad de Dios, se hará de todas maneras? ¿Dónde encaja mi fe?
   “Sin fe es imposible agradar a Dios” (Heb. 11:6). Tener fe es mi responsabilidad. Mi fe me conecta con la voluntad de Dios. Ambas cosas son necesarias, cada una en su lugar. Tengo fe en que la voluntad de Dios se hará: “No hay sabiduría, ni inteligencia, ni consejo, contra Jehová” (Prov. 21:30). No hay nada que pueda prevalecer contra ella. Pero tengo que poner mi parte: “El caballo se alista para el día de la batalla; mas Jehová es el que da la victoria”(Prov. 21:31). Como el caballo me preparo para el día de la batalla contra el enemigo. Creo. Aunque pequeña, yo me conecto con Dios Omnipotente y participo en el cumplimiento de su voluntad.
   En estos dos versículos tenemos a Satanás, al hombre, y al Señor, cada uno actuando, y lo que nos explica es que, por mucho que Satanás intente estorbar la obra de Dios con su sabiduría, inteligencia y consejo diabólico, no lo logrará. Yo no soy nadie para luchar contra Satanás, pero como parte del ejército de Dios, colaboro con Él en la lucha contra el enemigo. Participo en la batalla, pero el que consigue la victoria es Dios. Dios siempre gana en la lucha contra su enemigo, aunque durante un tiempo puede parecer al contario. En las batallas antiguas muchos caballos murieron, aunque su lado ganase. Pase lo que pase conmigo, Dios gana. Él no está de mí parte, yo estoy de la suya. Dios nos dará la victoria.    
   En cosas concretas, en las decisiones que tenemos que tomar, en cómo organizamos  nuestro ministerio, en si fulano se sana o no, pido que Dios me muestre su voluntad. Entonces creo lo que me ha revelado y colaboro. Mi fe no determina la voluntad Dios, me permite participar en ella. El caballo se prepara para el día de la batalla, pero la victoria la da Dios. La victoria no depende del poder del caballo, sino del poder de Dios. La fe es mi parte; es la actitud que Dios espera de mí, pues, con fe agrado a Dios; pero la actuación del Señor es lo que logra la victoria al final. Soy el caballo y Dios es el Comandante. Hago mi parte en la batalla que es tener fe y obedecer al Comandante, pero es su poder y destreza que consigue la victoria, ¡y la comparto con Él!

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