NUESTRO INCENTIVO 

“Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano” (1 Cor. 15:58).

 Pablo acaba de terminar una emocionante descripción de la resurrección. Ha hablado de cómo seremos transformados en un momento para tener un cuerpo como el del Señor Jesús: incorruptible, glorioso y poderoso. Es un cuerpo que no se enfermará, no se deteriorará, no se envejecerá, no tendrá defectos, ni se cansará. Tendrá fuerzas sin límite, será hermoso y lleno de salud y vigor. Será un cuerpo espiritual que nos facilitará la comunión y servicio al Señor, no como este que a veces es un estorbo para las cosas de Dios. ¡No tendrá apetitos carnales, sino espirituales! Sus inclinaciones naturales serán hacía Dios y no hacía sus egoísmos. ¡Qué maravilla!

 El apóstol también ha hablado de la victoria de Jesús sobre la muerte. Para el creyente la muerte ha perdido su aguijón porque lo malo de la muerte es morir en pecado. En tal caso las consecuencias son terribles. Pero para el creyente la muerte solo es la puerta al cielo, porque Cristo ha pagado las consecuencias del pecado para él. “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?... ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley” (v. 55). La ley convence de pecado y la muerte es la consecuencia, pero el creyente está a salvo de la segunda muerte por la obra de Cristo y muere para entrar en la verdadera vida. En Cristo tenemos la victoria sobre la muerte:“Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (v. 57).

   Todo esto es tan fabuloso que tenemos ganas de celebrarlo, pero el apóstol Pablo no concluye este maravilloso capítulo sobre la resurrección con una emocionante visión del cielo, ni nos invita a contemplar sus calles de oro, ni soñar con un arco iris celestial,  sino todo lo contrario: nos baja a la tierra abruptamente y nos anima a trabajar para el Señor, porque todo lo que nos espera allá hace que vale la pena trabajar aquí abajo. Los que solo tienen esta vida pueden comer y beber, porque mañana morirán, pero nosotros viviremos mañana. ¡Hoy es día de trabajo! Por lo tanto, que vayamos creciendo en la obra del Señor, que le sirvamos más este año que el año pasado, que nos cansemos trabajando para él. ¡Vamos a gastar este cuerpo trabajando para él!, porque mañana tendremos cuerpos nuevos que no se cansarán nunca. Los que comen y beben y celebran son los que no tienen a Cristo, toda su fiesta tiene que ser aquí en la tierra. El creyente celebrará en el cielo, pero de momento tiene mucho trabajo que hacer, y está animado, sabiendo que nuestro trabajo en el Señor no es en vano.

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