¿PARA QUÉ TENGO A DIOS? 

“Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento, y el segundo es semejante: amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:37, 38).

 La pregunta es un poco extraña. Es: ¿A qué me sirve tener al Señor como mi Dios? ¿Para qué le necesito? ¿Qué provecho tengo al tener al Señor? La mayoría de los creyentes le tienen por lo que pueden recibir de Él: salvación, el cielo, ayuda en las dificultades; otros, para dar sentido a su vida; unos pocos, para conocerle, por amor a Él mismo; otros, para servirle, porque consideran que es su deber; y mi madre, ¡para que ayude a otros! Ella necesita que Dios ayude a otros. Toda su vida está orientada hacia los demás. No es nada mística, sino sumamente práctica. No cultiva la relación con Dios para explorar Su carácter y profundizar en el conocimiento del Omnipotente. No. Le cautiva la persona de Jesús como Siervo, dándose por los demás. Y esto ha sido su vida: dedicación a las necesidades de otros, ayudándoles en lo que podía. Le apasiona la gente. Ama, ama, y ama. Para ella, el cristianismo es: otros. Tiene sus doctrinas claras, pero lo que le mueve es el bien de otros. Se pregunta inconscientemente: ¿Qué puedo hace para ayudar a esta persona a realizar su potencia? Quiere descubrir lo bueno hay en cada uno y animarle a desarrollarlo.

             El otro día tuvo una caída fuerte y rompió un brazo y una pierna. Antes de ser operada mi hermano la llamó para ver como estaba y mi madre le dijo que estaba muy preocupada por él, porque está trabajando muchas horas y su salud está deteriorando. Quería que se cuidara. No quiso hablar de sí misma, sino de él. Esta es mi madre. Si hay una cosa que caracteriza su vida, ha sido el amor a los demás. Para ella, la oración existe para pedir por otros. No recuerdo haberle oído pedir nada por sí misma. Es una representación viva del segundo mandamiento: “y a tu prójimo como a ti mismo”.

 Algunos son místicos y otros son humanitarios, pero muy pocos han encarnado las dos facetas: pasión por Dios y entrega total a los demás. El apóstol Pablo modela las dos casas: “Y ciertamente estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor,… a fin de conocerle” (Fil. 3:8-10), esto en primer lugar, y, en segundo, un entrañable amor para otros: “Ahora vivimos, si vosotros estáis firmes en el Señor” (1 Tes. 3:8).  Estas son nuestras dos prioridades: Dios y otros. Que podamos tener esta perspectiva de la vida.    

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