REY, SALVADOR Y DIOS 

“Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David” (Mateo 1:1). ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido?” (Mateo 2:2).

  “Llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21).  

“He aquí una virgin concebirá y dará a luz n hijo, y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros” (Mateo 1:23).

             Vale la pena profundizar un poco más en la identidad de este Bebé que nació en Belén. Mateo le presenta como el hijo de David, heredero de su padre David, el rey de Israel que recibió la promesa de que un descendiente suyo se sentaría en su trono para siempre. En el evangelio de Lucas esto sale con más claridad: “Éste será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin” (Lucas 1: 32). Jesús nació para ser Rey.

             Un rey justo sobre la nación de Israel no resuelve la problemática de la raza humana, porque la solución no puede ser legislada. La ley del Antiguo Testamento no había conseguido hacer justo al hombre. Solo ponía en evidencia su pecaminosidad. Un rey justo sobre Israel terminaría condenando a todo el mundo por injusto. Jesús no vino para condenar, sino para salvar. La única manera de establecer un reino de justicia era haciendo justo al hombre. Esto es lo que vino Jesús a hacer, establecer un reino de justicia poblado por hombres hechos justos por él mismo, por medio de la Cruz. El Rey tuvo que ser Salvador para conseguir gente para su reino. Y su reino tenía que englobar a todo el mundo para redimir la creación entera que había caído en el pecado y la deshumanización. La salvación de Jesús restaura el hombre, le hace justo y apto para formar parte de su reino.

             Para ser Rey, Jesús tuvo que ser Salvador; pero, para ser Salvador, Jesús tuvo que ser Dios. Porque la sangre de un hombre vertida en la cruz no es eficaz para salvar a la humanidad perdida, a no ser que es la sangre del Hijo de Dios. Entonces sí, esta sangre cobra un valor infinito, capaz de salvar a cualquier persona que acude arrepentida al pie de esta cruz confesando su condición humana y necesidad de perdón delante de Dios. En tal caso, Dios le perdona y le da una nueva naturaliza y le hace parte de su reino. Esta persona ya tiene nueva nacionalidad; está bajo el gobierno del Rey, capacitado para obedecerle, porque lleva su Espíritu dentro, el Espíritu que se sometía a la voluntad de Dios y amaba sin límite a su semejante. Así se forma un reino justo poblado por personas justas, que aman a Dios con todo su corazón, con toda su alma, y con toda su mente y al prójimo como a sí mismas. Esto es el reino de justicia que Jesús vino a establecer.         

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