SER ENSEÑABLE 

“El que tiene oídos para oír, oiga” (Mat. 11:15).

 Ser “enseñable” es imprescindible si queremos adelantar en la vida cristiana. Por “enseñable” referimos a la disposición a permitir que otros nos corrijan, a la actitud de querer aprender de ellos, de creer que tienen cosas que enseñarnos, que no soy la única persona que entiende algo, que los demás pueden aportar cosas importantes a mi vida. Estamos hablando de tener una mente abierta con la actitud que no lo sé todo, que hay más que puedo aprender, y que Dios puede usar cualquier persona para enseñarme. Es tener la actitud que mi educación no terminó cuando salí del colegio. Ser enseñable es la habilidad de oír a Dios por medio de los demás.
 La actitud de la vida del creyente es: “Habla, Señor, porque tu siervo oye” (1 Sam. 3:9). Sus oídos están abiertos siempre, tanto cuando está leyendo la Biblia como cuando está hablando con sus amigos o con personas desconocidas, con personas educadas o con personas muy sencillas, da igual; quiere aprender. 
 La persona “no enseñable” tiene la mente cerrada. Nadie le puede decir nada. Se ponen a la defensiva, se enfada o se ofende. No admite corrección. Tales personas son impenetrables. Están detrás de una pared y no dejan que nadie introduzca información en su computadora mental. Se equivocan y no se les puedes corregir. Si tienen una idea que sabes que no puede funcionar, no les puedes convencer que no vale, que su proyecto no es viable, o que su forma de ver las cosas está equivocada.
 Aun en las cosas pequeñas, no permiten instrucción. Emplean mal una palabra y no puedes conseguir que la usen correctamente. Repiten los mismos fallos y no aprenden, porque no quieren cambiar. En una discusión, siempre tienen que tener la razón. No escuchan los argumentos de los demás. Interrumpen y hablan, pero no puedes conseguir que escuchen, que sopesen o consideren otros puntos de vista.
Los llamamos cabezudos, tozudos, cuadrados, pero lo que realmente son es “no enseñables”. Y es una pena, porque tienen que aprender dando tropiezos. Si no reciben corrección, no reciben nueva luz. Puede ser que estén tan inseguros que no pueden soportar la idea de estar equivocados. O piensan que saben más que otros, o tienen miedo de ser rechazados si les muestras que están equivocados. O bien tienen complejos de inferioridad, o bien son orgullosos; o son frágiles, o no tienen la humildad para recibir nada de nadie excepto de parte de Dios, ¡pero es por medio de otros que Dios habla!    
 ¿Cómo ayudar a una persona así? No puedes. No te dejen. Amarles y esperar. Y si somos así, ¿cómo lo podemos reconocer? Difícilmente, porque siempre tenemos razón. Si un día nos encontramos en medio de un gran fracaso y nos preguntamos, ¿me avisaron?, y reconocemos que sí, quizás sea la hora cuando tengamos que humillarnos, quebrantarnos y abrirnos a la instrucción de nuestros semejantes.

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